martes, 25 de septiembre de 2012

el malabarismo

el malabarismo 
Frente a un edificio que alberga fragmentos de nuestro patrimonio cultural, otra historia se dibuja con clavas, colores, risas, un monociclo y uno que otro improvisado artista callejero. Ellos luchan por la esquina en la que todos quieren estar.

Una, dos, tres estelas verdes surcan el aire en cosa de segundos. Lo mismo que tardan en cambiar las luces del semáforo de la esquina de José Miguel de la Barra con Ismael Valdés Vergara. El faro de colores separa al Parque Forestal del museo de Bellas Artes. Basta que el amarillo dé paso al rojo para que comience la competencia por los dos minutos de escenario en el empedrado. La lucha es entre las distintas compañías de malabaristas que convergen en este punto, por una tradición cuya fecha se pierde en la memoria de estos artistas callejeros, según relata Raúl Castro (30). “Desde que llegó el malabarismo a Chile, los artistas de los malabares nos juntamos en el Caballo de Botero”, asegura.

No sólo por el peso histórico, sino también porque el lugar es fresco, seguro y siempre se aglomeran autos. En sus presentaciones le acompaña Alex Abarca (33). Juntos forman la compañía de circo teatro “Los mismos circo-show”, donde la coordinación, las clavas de vivas tonalidades y las reverencias al público automovilístico conviven con problemas como la crisis económica. “Se notó al tiro la recesión, bajaron mucho las monedas que nos hacíamos”, comenta Álex. La baja en las ganancias del día repercute directamente en la familia de cada uno. “Tenemos que pagar cuentas, parar la olla, mantener a nuestros hijos”, explica Álex.

Al otro lado de la acera, está el enemigo. Otro grupo de malabaristas acecha a la espera para poder ocupar la calle. Saben, tácitamente, que quien gane el espacio tiene derecho a permanecer allí hasta que el artista que recoge las últimas monedas se retire o se detenga un instante a tomar agua o ir al baño. Pero no es el único adversario: los carabineros detienen y multan a estos artistas callejeros por alterar el orden público. “En tres meses llevo seis partes acumulados, loco”, reclama Raúl quien, como muchos, no piensa pagar la multa.

Entre semáforos, lo pasan bien. “Este es un cachorrito que yo encontré en el suelo, botado y comencé a sacarle brillo, hasta dejarlo listo pa’ jugar”, molesta Raúl a Alex. Con unas sonrisas que disimulan las cuentas impagas y un juego de equilibrios, se lanzan sobre los autos. Es la hora del taco. Los malabaristas disputan los escasos minutos de show con payasos, bailarines de cueca y dominadores del balón. Entre cada trote y roce de las zapatillas contra la irregularidad del suelo cada uno toma su lugar.

Raúl lleva dos clavas y un balón, al igual que Álex. Cuentan mentalmente hasta tres y comienzan. Vuelan los implementos y la pelota corta el aire. Uno, dos, la atajan con la cabeza, golpe y dominio. En vuelo de colores y frenéticos giros aéreos, coordinan los pases y exhiben la destreza y agilidad a toda carrera. Cambian las luces y los motores dan cuenta del fin del show. Una semirreverencia es la señal.



Algunos conductores alargan la mano y entregan una moneda. Con sus movimientos buscan atraer al público, porque saben cómo relacionarse con quienes van de paso. “Si entras feo, la gente te recibe mal. En cambio, si apareces como un bacán, las personas te tratan bien”, reflexiona Álex.

Juan Carlos Huerta (29) es otro experto en equilibrar balones que también tiene su opinión. “Ellos nos transmiten más a nosotros y nosotros lo multiplicamos”, acota. Mientras corren para que “El Chico”, un malabarista en monociclo que llegó a hacerles competencia, no les quite la esquina nuevamente, le pregunto a Raúl si quiere que sus hijos mantengan la tradición. “Si no sigue con esto, le saco la ch…”, alcanza a decir y su voz se pierde entre los autos.



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